lunes 7 de diciembre de 2009

Hasta que se produjo esa concentración masiva de datos en un día, en una noche para ser más exacto, en Recreo, provincia de Santa Fe, lo único que Puto nochetero tenía en la cabeza era coger. Y esto es más que un decir. Había en Puto una especie de solvencia en ése saber qué hacer con su vida a los veintitantos que le permitía, por ejemplo, no verse más allá de los treinta años, no escuchar voces, no hacerles caso. Una vez se enamoró. Creyó hacerlo. Pocas cosas, al parecer, temblaban en su pecho. Pero soplaba cuando quería soplar. Vivía solo en una pensión de la calle San Martín, antes de llegar a Pellegrini y al lado de un bar, por decir, barsucho de aparente mala muerte, abierto las 24 horas, donde siempre se jugaba al ajedrez. Aún está ése bar y aún se sigue timbeando a lo loco. Ahí, Puto nochetero conoció a una persona que perdió su casa y el auto jugando al ajedrez. También ahí supo por primera vez, a su manera, qué lugar tenía él en la utopía de los otros y cuánto costaba un pete, una fornicación rápida en el baño y una encamada como Dios manda en la cama matrimonial del cliente. Changas de Puto que supo hacer, después, en la Terminal de ómnibus Mariano Moreno, ya dopado por la propia forma que se había impuesto, digamos, porque sí, porque le salía ser más puto que gay, más arrastrado que arrastrador. Por eso como taxi boy no servía demasiado, porque llegado el caso se enloquecía con una verga y echaba todo a perder. Pero enamoró a varios de sus, digamos, clientes. Carlos, entre ellos, el funcionario del gobierno que lo introdujo, después y a pesar de eso que Carlos llamaba amor, en la concentración masiva, la que seis meses después lo mató de golpe, con una certeza absoluta, real. Todo esto no quita que se pueda pensar mal de Puto nochetero. Pero tengamos en cuenta la definición del mal. Y la de real, sobre todo.

lunes 30 de noviembre de 2009

Lucas nació en Lanús y murió en Recreo. Gato pasivo de nacimiento, tuvo que acostumbrarse a culear viejos cuando la, digamos, oferta superó la demanda de pasivos en el mercado sexual de, volvemos a decir, hombres con hombres aumentando ésta considerablemente cuando ya los clientes preferían ojetes blanditos de 13 años y no ortos recontraculeados de 20. Lucas tenía 20 años cuando se lo culeó a Oscar por primera vez. Allí Oscar empezó a tenerlo como acompañante, casual, de sus viajes o giras de la profesión (director de teatro, entre otras). Lucas, ordinario por donde se lo mirase, parecía grandote pero en realidad siempre fue más morrudo que marcado, eso le confería la cuota, a ver, masculina de su pasiva identidad, y eso calentaba a los viejos. Los músculos en tránsito, no tratados, no trabajados; la marca del esfuerzo, quizás, el guiño proletario, digamos, enamoró, de alguna manera, a Oscar, que mamó de la vanguardia, a ver, sociocultural de los años 60 y los 70 del siglo XX, pero siempre con reminiscencias a los 30, a los 20. Pero eso, y por varias cosas más, Oscar también se enamoró de Puto nochetero al verlo junto a Carlos y cierta vez le regaló una campera robada hacía décadas. Pero no culearon y lo de cierta vez, justamente, fue la vez que Puto pasó todo un día y una noche encerrado con Lucas, haciéndose fugazmente compinche uno del otro tal vez, en una habitación de algo que fue un hotel de vacaciones peronistas y ahora se había transformado en un pequeño y, digamos, moderno Apart (o como se llamen esos hoteles). Fue en Unquillo, pueblo en la provincia de Córdoba, después de otro pueblo de nombre Mendiolaza, antes de Cabana y cerca de Salsipuedes. Allí había ido Puto con Carlos, y Lucas con Oscar, a Unquillo, donde entre otras actividades, hay un espacio cultural, algo así como un refugio de artistas, una estancia del arte en proceso de serlo. Eso lo saben todos pero, digamos, lo que no se sabría es que, a ése pueblo, allí, entre 1945 y 1946 (se ignora la fecha exacta) bajó un helicóptero del Ejército y de éste descendieron siete personas escapadas de Europa: Josef Menguele, un supuesto asistente, y cinco enanos, tres mujeres y dos varones. No hay en todo el país un lugar como éste. Eso lo dijo Perón.

miércoles 25 de noviembre de 2009

Estamos demasiado presos de una sola idea, dijo Puto nochetero que le dijo Carlos, como comienzo de la ofensa que le había anticipado le escupiría en la cara, ahí, porque sí, aquella noche en Recreo, Santa Fe. El por qué del porque sí es arbitrario, la ofensa, la intensa posibilidad y su culpa residían en esa frase, en eso de estar preso de una sola idea. Hablaba de ellos Carlos y habló de Puto también, en sentido, digamos, figurado para que éste, vivo pero no brillante, puto pero no gay, comenzase a digerir que no fue casual aquel primer encuentro en la Terminal de ómnibus Mariano Moreno, en Rosario, dos años atrás, cuando Carlos, petiso y avejentado, sobreviviente curado de los ochenta Carlos, creyó reconocer, en Puto nochetero, a un joven director teatral porteño, parecido al parecer, y con esa misma intensa y graciosa forma de mover las piernas al caminar. Eso dijo Puto que Carlos le dijo la primera vez que se vieron, una vez subsanada la equivocación, por entonces, casual, de Carlos hacia Puto, que en Recreo, por fin, pudo saber que no, que todo aquello había comenzado ahí como una especie de plan o mandato que lo tenía, de alguna manera, como engranaje para su funcionamiento. Esto lo supo después, ya hablando con Reutemann y viendo algunas fotos. Lo increíble se acentúa porque desconcierta. Y aquí hay confusión. Según Puto nochetero, de memoria feroz y cultura vaga, Reutemann, Guatón Andrei, el Padre Ignacio, un tal Doctor Gallo, Juan José Sebreli y tres o cuatro personas más, dejaron al resto de los invitados, entre ellos Carlos y Oscar, en una de las habitaciones y siguieron, digamos, conversando con Puto en una habitación contigua, al parecer una habitación como cualquier habitación de una estancia en el campo, entre un living y un comedor, con sillones y una pequeña mesa de madera en el centro. Sobre esa mesa había una carpeta del tipo, dijo Puto, oficina en las que había fotografías, algunas muy antiguas y en blanco y negro. En las fotos, dijo Puto, había chicos sufriendo. Sólo eso.

viernes 20 de noviembre de 2009

Entregarse a una melancolía amable, casi abstracta y de intereses vagos pero enormes, vanos sería la palabra para entregarse si aquella no estuviera tan deslucida hoy por hoy, y si esto pudiera explicarse de otra manera, de otra forma poder referirse a la, digamos, entrega, a lo que se espera de ella para sí, en ella y no así, de esta forma tan poco concreta hay que hacer énfasis en el por qué. Ya que el cómo es la carne, el por qué es humano y el para sí, parecería ser, encierra un grupo pero no un todo. De la epifanía hablo, que no tiene ninguna palabra posible de aplicación para su manifestación que no sea relativa a una vibración, a una potencia intensiva con capacidad de estremecimiento real del o los cuerpos que están, de algún modo, siendo atravesados por ella. El resultado de la epifanía viene siendo, entonces, la búsqueda de esta gente reunida aquella noche en Recreo, Santa Fe, donde Puto sabría de ella casi como una revelación impuesta. Lo de casi es un decir, y la epifanía puede ser producida pero su poder, parece, reside en su resultado. Se necesita gente entregada para el resultado, y los mensajeros son importantes. Puto estuvo cerca de saber ese resultado pero prefirió huir. Esto también es un decir. El mensaje llegó, parece, y murió de golpe.

domingo 15 de noviembre de 2009

La alegría es un decir y un estado así se le apareció al mirarlo. Se le abrió un mundo en las pupilas, más en la izquierda para ser exacto y se olvidó de respirar. Era Carlos, que sintió tanta pero tanta alegría que se le vinieron largos suspiros en ese olvido y, así, gimió lento y para adentro mientras un pensamiento triunfal se le materializaba al mirarlo. Al mirarlo a él, que tenía la dichosa tarea de ser mirado. Era Puto nochetero, mirado por Carlos, que dilató su esfínter de puto zaguanero con una alegría mortal de inclasificable factura por creer que allí, cuando lo vio por primera vez, estaba frente a una posibilidad. Lo de una posibilidad es literal. Lo posible de ser cierto estaba allí para Carlos, petiso, culto y puto que, obedeciendo un mandato, digamos, iniciático de Carlos Reutemann y casi a la manera de una espía en blanco y negro (apenas difuminada la imagen aparecen ciertos poros parecidos a un leve destello constante), le encontró el rumbo y la existencia de Puto nochetero, hijo de una tal Berta, de apellido prohibido y de padre puto tapado de años, a quien se lo vinculó, digamos, por decir, amorosamente con el dueño de un campo enorme, fronterizo con la provincia de Córdoba, donde ahora hay soja pero antes chanchos, de apellido Grondona y de nombre Mariano, otro puto tapado de años que también estuvo aquella noche en Recreo, Santa Fe, donde Carlos dejó de mirarlo a Puto nochetero y empezó a verlo. Entonces fue ahí que Carlos, en paulatino deterioro hoy por hoy, soñó con volverse ciego ahí mismo y, puto aprehendido a culeadas furtivas, Carlos comprendió el error. Pero fue tarde y prefirió seguir escuchando las amables palabras del Padre Ignacio, que le hablaba a Puto nochetero sobre el dolor físico y algo parecido a la transcendencia. Aquí comenzó la confusión.

jueves 12 de noviembre de 2009

De haber conocido el amor, digamos, éste se llamó Cristian. De haberse enamorado, Puto nochetero se enamoró sólo una vez. Dato extraño si tenemos en cuenta la cantidad de varones con los que Puto se transó en fugaz o no escarceo amoroso. Pero de cientos, Puto sólo se enamoró de uno. O creyó hacerlo. Si el amor puto es más sabio que el amor gay, el primero se enamora menos y el segundo apenas se maquilla frente a la refulgencia y pugna por, digamos, sustituir el estilo puto de vivir con el de normalizarse en libertad. Pero éste es otro tema y Cristian, rastrero dealer de poca monta que vendía cocaína en El Beso a un precio que iba de los quince a los veinte pesos la bolsita, hoy está desaparecido y nadie lo busca o lo reclama. Pero antes, en vida todos, siempre, gratis, una bolsita era para Puto. Cristian siempre le regalaba una bolsita y el misterio de esa acción no puede develarse. Es un misterio menor, de los que sólo se perjudica el corazón. De plástico verde y cerradas con fuego, las bolsitas de cocaína Cristian las comparaba una hora antes (a cinco pesos la bolsa) gracias a la colaboración de La Sole, su pareja, digamos. Linda pero negra decía Puto nochetero de La Sole, que se iba con un taxista-cliente hasta el norte de la ciudad, a la villa La Cerámica, a comprar la merca que después vendería Cristian en El Beso. Una la regalaba aún sabiendo de antemano cómo lo miraba el otro. El otro era Puto y estaba enamorado. O creía estarlo, repito. En estos casos los ejemplos sobran, pero al revés. El mecanismo de seducción ejercido por el dealer hacia el puto, opera como plataforma de más venta y así el puto, creyendo que la comunicación erótica entre puto y chongo está sucediendo, proyecta la fantasía y compra y compra cocaína. Pero en este caso, Cristian siempre le regaló una bolsita porque sí, con los ojos imposibles de más merca, decía Puto. Un agradecimiento ensordecido por El Beso, un dealer agradecido de algo parecido a la noción de belleza Cristian, que desapareció una semana después de morir Puto, de golpe como murió, con un viento que le despejó la cara y le mostró la epifanía. La Sole murió ahorcada con una cadena de perro. Así apareció una mañana, junto con cinco travestis más, en una foto de la sección Policiales del diario La Capital, donde se informa del misterioso asesinato masivo de travestis, acaecido en un hotel alojamiento de escueto nombre Las Casas, a la vuelta de la Terminal de ómnibus Mariano Moreno, donde conocí a Puto, ya enamorado por entonces y aún sin certezas.

viernes 6 de noviembre de 2009

Tengo la delicada tarea de ofenderte, me dijo, y cerró los ojos por un instante, nada más que un instante cerró los ojos Carlos y después comenzó a suceder. Lo que sucedería después fue algo parecido a un ritual pero no tanto. No hubo ronda, ni vestimentas comunes, ni rezos parecidos a plegarias, ni conjuros, ni invocaciones, ni apariciones legendarias. Nada de eso. Apenas algunas distorsiones del tiempo a causa del alcohol y las mezclas varias. Cosa común creer escuchar o ver algo, nada relevante parecía estar sucediendo. Pero sucedía y había comenzado, digamos, literalmente cuando Carlos le dijo a Puto nochetero que se le venía una ofensa. Por un instante, contó Puto, él pensó que Carlos, petiso como era, había conseguido otro amigo para viajar y que gracias por el tiempo compartido. Pero no, Carlos estaba cumpliendo la penúltima, digamos, fase de una tarea pedida, en principio, por Reutemann, que al parecer se la come, dijo Puto que, contó, había sido elegido de antemano varios años antes gracias a una lista de nombres, apellidos, fechas, voluntades políticas y todo el archivo que lleva por nombre “Manuel Dorrego” y es una caja de madera, parecida a un baúl ordinario, guardada en el falso subsuelo del edificio donde hoy está el Teatro General San Martín, en la ciudad de Buenos Aires, donde trabaja Carlos en un Instituto o Ministerio de Cultura (o similar) y que eligió a Puto nochetero, más por gusto que por mandato de Reutemann, socio de Guatón Andrei, el chileno gordo como un elefante marino, dueño de la casa en Recreo, Santa Fe, donde había empezado a suceder lo que después resultó una epifanía. Casi.

jueves 5 de noviembre de 2009

Puto nochetero y Luciano, dos veces por semana, a veces, dejaban la Terminal de ómnibus y buscaban varones en el cine porno. No sé si tiene caso explicarlo pero, en el supuesto de comenzar a hacerlo, ¿qué es exactamente lo que tendría que explicar? Hablo del cine porno y sobre qué tendría que referirme ya que lo mencioné. En todo caso, debería referirme a cierta tendencia forzada por tratar de separar, digamos, cuerpo y espíritu. Suena horrible, lo sé, pero no encuentro otras palabras para explicar el motivo por el cual dos veces por semana, a veces, Puto y la que ahora se llama Clara y es grandota se encerraban al menos cuatro horas en un cine de exhibición condicionada. Y a ver, en un cine porno, si por esa azarosa virtud de las casualidades, decía Puto, uno encuentra cierto, digamos, gustito en las primeras y esporádicas visitas, uno vuelve. Y seguido volvían Puto y Luciano, que fueron perdiendo, de algún modo, la vergüenza y el asco inicial. Sobre todo el asco. La vergüenza fue desapareciendo de a poco pero volvía, por ahí, agazapada ante un chongo maniático que quería que se la chupen mientras miraba la película. En este lugar, en el cine, no se habla con nadie. Muy pocos hablan. A veces ni siquiera cogiendo (o algo parecido) se habla. En las más de las veces, hay un acuerdo tácito y ya implícito en las primeras miradas y primeros gestos. Todo pareciera estar lleno de intenciones. Todo pareciera tener algún tipo de intención ilícita, sórdida, casi violenta. En realidad, estamos hablando de simples varones descargando. Lo de simples es un decir y esto es aplicable también a los baños de la Terminal. ¿Qué quiere esa gente ahí dentro? A veces es mejor no saber absolutamente nada sobre el otro, decía Puto, sólo miradas, gestos y, si se da, piel. Piel es una palabra gastada. Cuerpo contra cuerpo y nada más. No es tan difícil conseguir el placer de esa manera. Tampoco es tan fácil. Uno sabe que jamás aceptaría un café de algunos, que jamás otros nos invitarían un café o nos preguntarían sobre algo, jamás seremos nombres y apellidos, sólo piel y momento. El después no existe. El después no reemplaza nada. Es por eso que, sin conocer, uno hace lo que le venga en gana desde el primer paso. Uno puede ser grosero, cobarde, quieto, inquieto, tímido, manoseador o chonguito o simplemente mirar la película o algún punto fijo. No es gracioso. Si quiera patético. Es triste. Debería decir algo sobre la tristeza. Esto lo decía Puto y aquí debería emitir algún guiño para rematar con astucia el humor ajeno. Pero me dejo seducir por esta desesperación disimulada, por estos sujetos de acción que revelan, no saber nunca qué hacer con ellos mismos. Como Puto nochetero. Como Luciano. Como más de uno.

viernes 30 de octubre de 2009

Antes de aparecer su certeza, antes de aparecer su silencio, antes de irse para siempre, antes, cuando el amor era una refulgencia, aunque fuera nada más que para mirarlo, o para conformarse sabiendo que estaba allí, Luciano, que ahora es Clara y grandota, a veces iba a la Terminal de ómnibus sin avisar, y escondiéndose de Puto nochetero, que yiraba por ahí. Medio tonta como era por entonces, Luciano no se daba cuenta que Puto sabía eso, y hasta que lo, digamos, excitaba el hecho de ser observado por alguien conocido, al que no se puede denominar como amigo. Puto siempre supo lo que Luciano pretendía pero, dolorosa conjunción adversativa, nunca le importó. Lo de pretendía es un decir y se hace lo que se puede. Lo tuvo siempre como compinche, como pareja de aventuras de baño público, como un negrito de Villa Diego al que, de alguna forma, había que educar. Por eso Luciano nunca conoció a Carlos, el funcionario amigo de Puto, ni nunca viajó a lugar alguno invitado por Puto, invitado por Carlos, funcionario del gobierno hoy retirado. Por negro. Así pensaba Puto de Luciano, que a pesar de todo lo quería, o sentía algo parecido al afecto. Se hace lo que se puede y mientras Luciano, a su manera, conocía de antemano lo endeble de las fantasías, Puto, también a su manera, le mostraba los cuidados que había que tener con los ideales, sobre todo con los amorosos. Por eso Puto, al saber que el otro lo miraba hacer, digamos, se sentía más puto aún y arremetía con más fuerza la, por decir, verga casual que estaba chupando. “Así se hace”, parecía decirle Puto a Luciano en ese gesto, en esa acción diaria. Lo que nunca supo Puto fue que Luciano, casi en la totalidad de las veces en que lo espió, justo en el momento de proceder del otro sobre otro cuerpo, cerraba los ojos y miraba la foto, cada vez más deslucida y arruinada, con la que se había enamorado, meses atrás, en un ciber espantoso de Villa Gobernador Gálvez. O Villa Diego, que le dicen.

domingo 25 de octubre de 2009

No sé por qué hay tanta gente del medio teatral que odia a los críticos. Son gente divina. Al menos todos los críticos que yo conozco son personas divinas. Algunas, seamos sinceros. Los críticos son los que llevan y traen información, historias y, digamos, sensaciones; son los que se ocupan de todo lo que uno hace y dice como queriendo desentrañar la forma que uno va desplegando a medida que uno habla y hace teatro. Al menos los que yo conozco son así, curiosos. No sé por qué hay tanta gente en el medio que no se acerca a hablarles. Los críticos son los traficantes del teatro y están dispuestos al trueque. Sólo hay que hablarles. Y escucharlos a veces. Eso decía Puto nochetero que decía, más o menos así, Oscar, el amigo artista de Carlos, el funcionario de no sé qué de cultura de la nación que se lo cargaba a Puto cada vez que, en ése Instituto de la Nación, había una invitación a un festival, un encuentro, una invasión mutua, una entrega supo Puto después. Director de teatro, de cine o de ópera, Puto nochetero había mencionado las tres y no supo decir cuál de ellas le correspondía al arte de Oscar. Las tres, me parece, pero como en vida (Puto) no me dijo el apellido de Oscar, prefiero omitirlo porque no hay, en la actualidad, muchos Oscares dando vuelta por ésas tres profesiones y, menos aún, no hay muchos directores de nombre Oscar que, muchísimos años atrás, una noche cualquiera en blanco y negro casi, bajo desconocidas circunstancias, le hayan robado una campera negra a Agustín Tosco, el sindicalista apodado El gringo, que se definía como marxista independiente, aunque poseía ciertos vínculos con el Partido Comunista y sobre todo con el Ejército Revolucionario del Pueblo, pero que aún participando (Tosco) incluso de los discursos de apertura de las reuniones del Frente Antiimperialista por el Socialismo, y a pesar de serle propuesta la candidatura a la presidencia de la nación por este organismo, nunca, le contó Oscar a Puto, se afilió a partido alguno y sostenía ciertos matices que lo diferenciaban ya que no creía que la política de la liberación, dijo Puto que dijo Oscar, pasase por la política de la sustitución de los monopolios. Puto tenía una memoria feroz. Y sólo hay un Oscar llorando casi, seis whiskies mediantes, y contándole que Tosco había muerto perseguido y clandestino a los 45 años y sólo ése Oscar ese día en Córdoba, remontándose sobre un endeble y casi imposible amor marxista sentido, le regaló la campera robada a Puto, envuelto quién sabe en qué marasmo del amor puto, del amor con forma de muchacho hermoso lleno de ideales. Ideales es un plural tan ajeno hoy por hoy como es el singular hoy por hoy. Puto perdió la campera en ese mismo viaje y, al parecer, fue después de haber estado toda una noche manoseándose (así dijo) en la habitación de un tal Lucas, un morocho enrome amigo de Oscar que murió despedazado (literalmente) la noche del último viaje de Puto a Recreo, en Santa Fe, donde Oscar fue uno de los invitados, junto con Carlos y muchos más. Lo de muchos más es apenas una reducción de contenido. Los números también juegan acá, pero no como uno cree.

miércoles 21 de octubre de 2009

Guatón Andrei era un chileno de padres rusos que recalaron en Argentina después de vivir tres años en Chile. Allí nació Andrei, enorme y desproporcionado como un elefante marino desde chiquito nomás, pasó toda su niñez y adolescencia a la sombra de su gordura y de sus consecuencias. Lo de sus consecuencias es un decir que abarca tanto problemas físicos, motores y morales, como burla y escarnio de parte de casi todo el mundo que lo rodeaba. En segundo grado lo agarraron cinco compañeritos y lo mearon entero, tirado en el piso de uno de los baños de la escuela. No se veía sus propias erecciones y le resultaba imposible para él saber (ver) que estaba excitado. Las mujeres sentían asco, casi miedo. Los hombres eran superiores en todo ante su presencia. Y todos se burlaban. Incluidos sus padres, de profesión desconocida ambos, que murieron juntos y destrozados por un tren que atravesó el automóvil en el que viajaban de Rosario a Mar del Plata, en el verano de 1948. Hacía un año que Guatón Andrei se había ido a trabajar a un campo en el norte de Santa Fe, cerca de uno de los límites con la provincia de Córdoba. Allí conoció a un veterinario alemán recién llegado a la Argentina que lo contrató para cuidar sus treinta y tres caballos. El alemán, de nombre imposible, hacía experimentos de cruzas de razas entre equinos y Andrei, que antes cuidaba chanchos en el campo de un tal Grondona, sólo tenía que estar sentado todo el día viendo a los caballos estar. Sólo eso. Y casa y comida. La historia se pone en blanco ya que, según Puto nochetero, el digamos anfitrión de la casa en Recreo, Santa Fe, adonde había ido con Carlos, su petiso amigo funcionario del gobierno, era este Guatón Andrei, enorme como siempre lo fue, al parecer, que tenía esa casa como lugar de reunión, de fiestas o de agasajos. Según Puto, Andrei era amigo y conocido de todas las personas que esa noche estuvieron allí, cenando primero, buscando la epifanía después. Lo de la epifanía no es un decir.

domingo 18 de octubre de 2009

Si, como dijo uno, el azar no es ni metódico ni meticuloso, entonces, algo pasa. Si mi amigo Terence se curó una Hepatitis B fulminante en tres días con un medicamento de nombre Pamac y traído (puerta a puerta) en una caja de las azules del Correo Argentino, con un remitente en el que podía leerse, sin más asombro, el nombre que le habían puesto al cadáver de Evita cuando andaba por Italia, y una dirección de la ciudad de Recreo, cerca de Santa Fe, adonde había ido Puto nochetero seis meses antes de morir, digamos, si todo esto no es obra del azar, entonces sí, algo pasa. El azar puede ser devastador. Esto también lo dijo uno y para no andar haciéndole caso, imaginé que sería posible hacer un viaje hasta allá. Y así lo hice. Llegué por la ruta 11 y llegué a un pueblo aburrido y con vistas de desolación, a pesar de estar rodeado de soja. La dirección exacta me la reservo pero el edificio no. De más está decir que no hablé con nadie, no por un hermetismo misterioso de parte de los pobladores de ese pueblo, sino porque toda la gente que me crucé y me cruzó no dada ningún indicio, aparente o no, de saber algo. O importale algo, en todo caso. Miraban como miramos todos, ajenos y presentes al mismo tiempo. Nada especial en ellos. El edificio ése se había cerrado hace un tiempo y el nuevo funcionaba tres calles adelante. El nuevo es un edificio como son todos ésos edificios. Por dentro y por fuera. El otro, el del remitente, el viejo, como el nuevo, había sido un hospital. Pero un hospital pequeño, de esos de pueblo, un dispensario gigante parecía. Tenía todas sus aberturas tapiadas, es decir, en las puertas y ventanas habían construido paredes, rústicas y desprolijas paredes de bloques grises. En el nuevo no, pero en éste, pegada a lo que, al parecer, había sido la puerta principal, estaba la imagen de una Virgen. Sé poco de ellas.

miércoles 14 de octubre de 2009

Es inevitable no preguntarse qué es lo que aparece cuando uno deposita la atención. Lo de la atención es, digamos, un sonido interno, un ruido casi molesto, un decir difuso de lo que se llama conciencia; un uno en el otro es la atención, pero fugaz y alerta. El otro es alguien que aparece, que anda, que está por ahí y es captado por la atención de uno que, porque sí, depositó algo; que quiere hacerlo, más bien. Un decir de la ansiedad que infiere que lo mirado, necesariamente, tiene que ver con uno, a pesar del alerta. Eso pensaba Emilio y de alguna manera lo sentía. Aún lo siente y a pesar del otro, claro está. El otro era Puto nochetero, que aún vivía sin certezas y no soñaba con chanchos corriendo, sino con levantarse a un macho para reafirmarse, una y otra vez, que más que gay era puto. Y Emilio, profesor de la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad de Rosario, hoy con licencia y retirado porque hace un año le rompieron la cabeza con el borde de un inodoro de unos de los baños de la estación de ómnibus, lo miró siempre con las mejores atenciones. Un decir, apenas, pero inevitable. Lo inevitable para Emilio fue Puto. Cada vez que lo veía se le aparecía François Truffaut. Y era Puto, que vagaba por ahí en la terminal de ómnibus Mariano Moreno, sobre quien Emilio afirma su homosexualidad. Y tan extraño por inevitable le parecía ese suceso que, una vez, la primera, decidido y cortés pero inquieto y agitado por el, digamos, marasmo romántico de la atención captada, se lo dijo muy bajito en uno de los baños de Terminal. “Mariano Moreno se la comía y vos sos igual a François Truffaut “. Pero Puto nochetero, de nombre reservado, cultura vaga y memoria feroz, estaba atento a una verga del mingitorio vecino y no le prestó demasiada atención. Sólo lo miró. Diez segundos lo miró. Lo miró como diciéndole “salí de acá, viejo puto”. Ésa fue la primera de las tres veces que se cruzaron Puto y Emilio, que fuma salvia con algunos de sus alumnos y luego les lee los Diarios de Cheever. En la segunda, Emilio le pidió, cortés y agitado como en la primera, si le permitía verlo orinar en el mingitorio. Puto aceptó entonces, y lo hizo como una gracia pasajera, como algo para contar después. La tercera y última vez se encontraron cerca de uno de los baños y, salvia mediante, hablaron largo rato. Faltaban dos meses para la muerte de Puto y ocho para que un chongo mal avisado le rompiera la cabeza a Emilio con el borde de un inodoro. Algo le comentó sobre su certeza y algo descartó Emilio para siempre en ese último encuentro. Algo vio Emilio, alguna certeza sobre la atención, sobre la verdadera, la que avisa, pero no le hizo caso. Puto se murió y Emilio no se enteró. Al menos eso es lo que yo sé. Y sé, también, que desde la cabeza rota con el inodoro Emilio no sale de su casa y sus amigos de la Facultad pagan semanalmente a un enfermera para que lo asista, que tiene ataques de pánico y de fobia, que se afilió, ya de viejo, al partido justicialista, que sólo recibe a algunos de sus alumnos, para fumar salvia y hablarles de un putito con apariencia de chonguito, de nombre incierto, medio petiso y lindo, con los pies planos y chueco, vergón y parecido a François Truffaut, ese chico, un puto que a todas luces no parecía puto, sé que dice Emilio, ese chico le inventó una historia hermosa, una vez, la última vez que lo vio, dice Emilio, que François le inventó un relato y se lo actuó, ahí, convencido de su decir, y que hasta lloró ese momento, ahí, de puro educado que era François en el amor no correspondido, con esa astucia para saber embaucar, para que el otro, Emilio, que lo recuerda a Puto pero no sabe su nombre ni el apodo, sólo François Truffaut dice Emilio, que jamás conoció un rechazo amoroso como aquél, se fuera dichoso de allí. Y así pasó.

martes 6 de octubre de 2009

La comprobación de una certeza produce silencio. Y ese silencio no acalla ninguna palabra, no hay nada para decir. No tendría un por qué la emisión de palabras, la producción de sentido impuesto. Aparece el silencio entonces y ahí, donde la certeza se hace posible, donde lo que sucede está siendo cierto, real en un sentido estricto y literal, ahí, donde uno acepta de repente que no hay vuelta atrás, donde uno queda entregado a lo que no podrá ser lo contrario, a lo que es y a lo que, bajo ningún otro concepto armado, bajo ninguna forma de significación, ahí, donde uno es certeza y es silencio, decía yo, no queda otra más que actuar. En Luciano, que ahora es Clara y grandota, la certeza fue haberse enamorado de Puto nochetero por foto con la misma y fuerte certeza con la que una vez supo que jamás el otro (Puto) podría ser diferente de lo que era. Lo de una vez es un decir. Fue la última vez que lo vio a Puto y fue en la terminal de ómnibus Mariano Moreno, de noche, mientras hacía guardia en la puerta del baño de caballeros y esperaba a Puto, a quien lo bombeaban dos gendarmes oriundos de la provincia de Formosa y, por entonces, confinados a cuidar el Monumento a la Bandera. Puto se había encerrado con esos dos en el último de los individuales del baño de caballeros mientras Luciano montaba guardia. Fue ahí cuando apareció su certeza, fue al acercarse al individual y ver cómo una de las armas reglamentarias de unos de los gendarmes, entraba y salía del ojete de Puto. Apareció su certeza, apareció su silencio y se fue para siempre de Puto. A los dos meses Luciano comenzó su transformación. Seis meses después, Luciano ya era Clara desde hacía once días y Puto nochtereo se moría de golpe, siendo más puto que gay como era, y con otra certeza en su cuerpo, que ni su silencio ni su muerte hoy puedo reproducir.

lunes 28 de septiembre de 2009

El Familiar, esa cosa indefinible con palabras exactas y de supuesto origen satánico, es una de las leyendas más divulgadas en Argentina sobre pactos demoníacos y pases de facturas entre protagonistas de dichos pactos. De una u otra forma, esta cosa medio humana medio animal que se alimenta de carne humana y comienza a tener hambre cuando uno hace el, digamos, “pedido” (llámeselo pacto) estuvo y está vinculada a la historia personal, social y política del país desde hace mucho tiempo. Algunos datos encontrados y divulgados por ahí, dieron con uno que, al parecer, vino con José de San Martín en el mismo barco que lo trajo a una tierra presta a ser liberada. Otro aparece guardado en una habitación de una de las casas de Justo José de Urquiza, en la provincia de Entre Ríos. El Familiar no vive demasiado y muere cuando no se le da de comer. El Familiar puede morir pero con él muere el pedido (o cambia). Por ejemplo: el escritor Leopoldo Marechal le habló de El Familiar a María Eva Duarte de Perón, que se consiguió uno y que llegó a Juan Domingo Perón, que lo mató de hambre y lo suplantó por otro, convocado por Estela Martínez de Perón y Mario Firmenich a través de José López Rega. Estos tres, que no pudieron vencer la ida de Perón al otro mundo, no supieron guardar el secreto y lo compartieron con la Junta Militar que se hizo cargo de la Argentina entre 1976 y 1983. La primera en ser digerida por El Familiar de los milicos fue la escritora Marta Lynch, que osó preguntar por él una noche, después de encamarse con Emilio Massera, quien desde ese día supo qué hacer con tanta gente presa (y viva). Porque El Familiar sólo acepta comer vivos y los militares tenían pilas de cadáveres que aquél rechazaba sistemáticamente. Otro ejemplo fue la huída y pos (supuesto) suicidio de la actriz Cristina Lemercier de El Familiar que tenía Carlos Menem, el ex presidente que, dicen, le dio de comer al bicho dos Ministros y un hijo moribundo (pero no muerto) por un accidente aéreo. El otro ejemplo vincula a Néstor Kirchner, de quien se dice, y se afirma, que no tiene una hermana y que la cosa que se hace pasar por ella, de nombre Alicia, es El Familar en persona. Pero todo esto es mentira. El Familiar es una gran mentira. La verdad es otra y no implica un pacto con el Diablo. El Diablo no tiene parientes. El Diablo no existe, lo que existe es la maldad. Y es humana. Ésta es la certeza. Desde San Martín que existe un, digamos, movimiento de personas que busca una epifanía. Lo de busca es un decir. Lo de epifanía, no. Y Puto nochetero, aquella noche en Recreo, Santa Fe, fue testigo. Lástima que se murió de golpe seis meses después. “Yo muero, puede decirse también: yo me muero”, tenía tatuado en uno de sus brazos. Dijo no recordar cuándo se lo había hecho. Ni cómo. Ni por qué.

miércoles 23 de septiembre de 2009

Amanecía en Santa Fe y él seguía corriendo. Corrió de noche y llegó a Santa Fe de día. Había parado en algún lugar, en algún poste había recalado para respirar y seguir corriendo. Pero no se acordaba, sólo se acordaba de haber corrido y corrido, simplemente Puto nochetero se recordó corriendo, sólo corriendo. Se estaba escapando en realidad. Huía Puto de esa casa en Recreo, a unos kilómetros de Santa Fe, adonde había llegado la noche anterior con Carlos, el funcionario del gobierno que ahora vive en pedo esperando morir para no tener más el peso de su propia culpa sobre el destino de Puto aquella noche. Carlos lo había visto huir, en un parpadeo lento a causa del alcohol y demás, Carlos lo vio partir y correr con el cuerpo lleno de una sangre que no era la suya y que hacía unos minutos había brotado de golpe de otro muchacho, un tal Lucas, un morocho enorme amigo de Oscar, el amigo artista de Carlos, el que le regaló a Puto una campera de Agustín Tosco que Puto nochetero perdió en el mismo viaje adonde, tiempo atrás, había tenido un fugaz affaire con ese tal Lucas. Esto había sucedido en Córdoba, en un pueblo dominado por alemanes y amigos de alemanes que, como Carlos y otros, estaban todos juntos viendo la sangre brotar del cuerpo de Lucas, esa noche en Recreo, de donde Puto nochetero huyó corriendo. Lo de huir es un decir, seis meses después aún corría.

martes 15 de septiembre de 2009

Si El Beso es un reviente, Inizio es un antro. El por qué de la zeta en lugar de la ce, es un capricho, digamos, estético tan estúpido como ese otro boliche, más sofisticado y moderno, de nombre Gotika, así, con K que Puto nochetero nunca pudo conocer porque se murió de golpe nueve meses antes de abrir sus puertas tan góticas y tan locas. Porque a Gotika van gays y a Inizio van putos y travestis deterioradas y taxistas empecinados en la merca y la cumbia. Puto y Luciano iban a Inizio a veces, cuando todavía el primero estaba vivo y el segundo se llamaba Luciano y no Clara, cuando Puto ya estaba enamorado de Cristian, el dealer de poca monta que había conocido en El Beso y del que se había enamorado porque sí, decía, y de la misma secreta e inconfesable manera que Luciano se había enamorado de él. Pero ninguno nunca se enteró del amor del otro por el otro, ninguno nunca pudo hablar de eso. Ni Luciano, que ahora es Clara y grandota y vende cocaína horrible en las inmediaciones de Inizio. Ni Puto nochetero, que ahora está muerto. Ni Cristian que, hoy por hoy, nadie sabe dónde está. Pero así de enredados los tres, una noche en Inizio, entre el sonido hecho música por la voz de Néstor en bloque y una travesti de nombre Letizia (también con zeta), oriunda de un pueblo de Corrientes y recién separada por entonces de Alexis, un gordo enorme y peludo que ahora está preso en Coronda por matar a un policía, entre esa gente, decía, y otra travesti vieja y ya muerta de nombre Bella durmiente del bosque encantado (todos le decían Bella), que cobraba cinco pesos el pete, entre ese mundo que de mañana duerme o es albañil o taxista o delincuente, Luciano vio, otra vez, en una ráfaga, en un descuido de su atención, así, entre el ir y venir de su cabeza, ahí, en ese momento la que sería Clara más adelante vio en vivo y a su lado el mismo gesto que había visto, por foto, unos meses atrás. El amor es una refulgencia y Luciano volvió a sentirla en Inizio. Una refulgencia de cinco segundos que se extendió entre los ojos y su estómago. Y fue tanta la refulgencia y fue tanto el amor de golpe que fue y vino desde los ojos al estómago y volvió hacia arriba y se desparramó tan veloz y tan rápido que Luciano volvió a decodificarlo inmediatamente. Era amor eso, amor de golpe, y tanto amor sintió, tanto, que gastó sus últimos treinta pesos en una bolsita de cocaína comprada a Cristian minutos después, y se la regaló a Puto, que más tarde la compartió con Cristian, encerrados en uno de los espantosos baños de Inizio, justo cuando Luciano, enamorado como estaba, se dejaba culear en la plaza de enfrente por un pibe flaquito pero panzón, de miembro enorme pero inútil, dijo Luciano después, a los diez minutos de haber vuelto a Inizio, junto a Puto, quien, agradecido por el regalo, como queriendo ser más amigo del otro de algún modo, le contó que Cristian, en el baño, mientras esnifaban, le había dicho que de ser mujer (Puto), él (Cristian) se casaría con él. Esa noche, casi a la mañana, Luciano volvió llorar sin motivo. Y Puto nochetero también.

jueves 10 de septiembre de 2009

No es necesario hablar de mí. Ya lo dije. Pero en el caso de sucederme, digo, en el supuesto de esa necesidad, el malestar ya será más evidente y la certeza ya no será una. Ni siquiera será una certeza en ese caso, sino la realidad, que le dicen, eso que sucede todos los días con motivos siempre evidentes y, hasta, explicables. Y será atroz. Pero eso todavía no sucedió y no estoy seguro que eso suceda. Cuando digo “eso” hablo de un pequeño malestar aparecido bajo la forma de la curiosidad y apagado momentáneamente por el miedo. Por eso no es necesario hablar de mí.

sábado 5 de septiembre de 2009

La irreductible confirmación de que al menos hay dos medicinas la tuvo mi, digamos, amigo Terence cuando hace dos semanas le diagnosticaron Hepatitis B. Se la curó un blíster de ocho pastillas traídas de Inglaterra en una caja del Correo Argentino, gracias a los servicios de un profesional de la salud contactado mediante el capo de la Institución educativa de donde Terence es algo así como secretario de alto rango, y a quien tuvo que recurrir armado de una confesión. La confesión no fue necesaria, a nadie le importa el detalle del cómo de los putos, sólo bastaron tres llamados telefónicos y una cita con el doctor de apodo íntimo (muy íntimo) Sr Hígado. Cómo fue la reunión es un misterio, un misterio menor. Lo curioso fue la caja del Correo Argentino, caja que contenía un sobre con un blíster de Pamac, un medicamento fuera de Vademécum (y del Google) que por mil dólares le curó a Terence una avanzada Hepatitis B en menos de tres días, y se la hizo indetectable para la historia clínica siempre intachable de los personajes de la alta educación argentina (entre otros). Que venía de Inglaterra yo lo supe porque Terence me lo dijo. A Terence se lo había dicho el Sr Hígado y hasta le hizo firmar un papelito (recordemos que Terence es abogado y dijo “papelito” refiriéndose a, prácticamente, entregarle los derechos de autor de uno). Pero la caja azul del Correo Argentino, que Terence me la mostró días atrás, no venía de Inglaterra: venía de acá. Terence, que nunca me creyó la certeza trasmitida por Puto nochetero, desde hace unos días comenzó a pensar en eso de lo irreductible de saber, o de creer saber algo. Sobre todo de creer. La caja decía que venía de una dirección en Recreo, Santa Fe. Y en el remitente hay un nombre femenino: María Maggi de Magistris. Ése nombre, dejando de lado la parodia, las bromas y las malas intenciones, es el nombre que tuvo el cadáver de Eva Perón cuando andaba por Italia. Y Puto nochetero habló de eso un día. Eso, para Puto, había sido una alucinación por culpa de la merca, las mezclas varias, el alcohol, y el entorno. El entorno es un secreto y contine una certeza.

miércoles 2 de septiembre de 2009

Berta se llamaba la madre de Puto nochetero. Era actriz pero, dolorosa conjunción adversativa, actriz del interior del país. El país es Argentina y el interior una ciudad cercana llamada Rosario. El apellido de Berta es mejor reservarlo. Por mi salud. Berta tuvo un padre terrible. Aún vive y es, digamos, un benefactor de las artes. De las plásticas, para ser más específico y alguna vez se lo vinculó, filialmente, al secuestro y desaparición de obras de arte de gente que fue secuestrada y desaparecida entre 1976 y 1982. Como los nazis pero en Sudamérica. Pero a nadie le importa eso, como tampoco el hecho de que Berta, muerta ya por un cáncer, haya sido actriz de teatro, mula del Partido Comunista en años oscuros, amante fugaz de un gobernador y madre olvidadiza. Murió siendo Fedra aún, ya que esa masa desconocida de muerte se la detectaron tres meses después de estrenar Fedra, una versión libre inspirada en Racine y Eurípides con leves y confusos toques de grotesco argentino realizada por el grupo al que pertenecía desde hacía años. Puto sólo habló de ella dos veces, el resto de la historia fue difícil de completar.

sábado 29 de agosto de 2009

Pensar en un dolor de cabeza. Pensar en ese momento en que algo late en la cabeza y hasta tiene una ubicación exacta. Allí, mientras sucede, podemos advertir dónde está ese dolor que punza y pugna por abrirse paso. Ahí, mientras sucede, está la presencia de eso que se llama dolor de cabeza y que, hablando mejor, es un dolor en la cabeza, dentro de ella y que, decíamos, pugna por salir. Porque si late es porque quiere algo, quiere encontrar una ubicación para seguir latiendo con más o menos fuerza y con ése sólo objetivo: estar ahí latiendo y dando a entender que de allí saldrá algo. Eso decía y ésa sensación tuvo Puto nochetero después de volver de su último viaje. Puto nochetero, de cultura vaga y memoria feroz, vio algo que, de alguna manera, se metió en su cabeza y que pugnó y punzó y pugnó tanto, que seis meses después salió y Puto nochetero murió de golpe. Lo de haber visto algo y que ese algo se haya introducido literalmente en su cabeza es un decir. Puto nochetero fue testigo de una certeza y pudo escapar de ella (al menos por seis meses). Había viajado a Recreo, cerca de la ciudad de Santa Fe, haciendo de acompañante de su amigo Carlos, un funcionario del gobierno de un instituto nacional de algo de cultura (o cosa parecida), y que ahora silencia su remordimiento con alcohol y pastillas encerrado en un departamentito en San Telmo, en Buenos Aires. Como Prieto, otro viejo puto que también estuvo en Recreo esa noche y que antes de comenzar lo que comenzó después, dijo Puto, se cortó las venas por amor al lado de Cecilia Boloco. Prieto desparramó sangre por Ramón Hernández, que también estaba, y lo que comenzó después terminó en una epifanía seis meses después. Pero Puto nunca supo de epifanías sino de certezas. Una certeza literal y atroz casi imposible de creer. Deberíamos comenzar a creer en algo.

viernes 21 de agosto de 2009

Puto nochetero era un maestro para conseguir lugares donde coger. Un decir, digamos. Lo de lugares eran espacios más o menos escondidos dentro y en las cercanías de la Terminal de ómnibus Mariano Moreno. Y a ver, cuando decimos coger decimos sexo rápido y esto último no es propiamente tener sexo sino, más bien, chupar pijas o, hablando como corresponde, hacer petes. Puto nochetero, entonces, era un maestro del pete rápido. Luciano también y aprendió de Puto. Tanto aprendió que, dos semanas después de conocer y enamorarse de Puto por foto, comenzó a probar suerte en su espantosa ciudad natal, donde llegó a chupársela a cinco primos morochos, todos juntos y amontonados ellos y sus pijas, a la vuelta de un salón de fiestas llamado Molino Rojo, durante el cumpleaños de 15 de una vecina morochita y putita como él, en la avenida principal de Villa Diego, en un pasillito, lugar que con el tiempo fue bastante visitado por Luciano, que ahora es Clara, para succionar más de ciento cincuenta miembros viriles de esa ciudad infectada, según decía Puto, de maricones tapados. De novios, casados y pasados eran las pinchilas que chupaba Luciano allá. Así decía Puto. Pero estando juntos, Puto nochetero y Luciano se la chupaban a cualquiera, a veces por gusto, otras por plata, otras por el sólo hecho de calmar la irrefrenable sensación de estar, por ejemplo, chupándole el pito a un desconocido cualquiera en uno de los baños del Mc Donald`s, siempre con la sensación de una irrupción repentina de parte de alguno de los empleados de ese lugar frente a la Terminal. Dato curioso, según Puto, es el que refiere a la mayoría homosexual empleada en ese Mc Donald`s. Más puto que gay, Puto nochetero a veces se quejaba argumentando que las locas malas del Mc Donald`s ése “no cogen ni dejan coger”. Dejaban siempre, decía, la puerta cerrada y había que ir hasta la caja a pedir las llaves o, a veces, tiraban desinfectante en demasía, lo que causaba un olor imposible de aguantar durante la felatio. Pero no fue en Mc Donlad´s sino en el Centro de convenciones Patio de la Madera, en un rincón de una de las galerías donde Puto vivió uno de sus acontecimientos más, digamos, desagradables en cuanto a succiones rápidas y al aire libre. El chongo al parecer era hermoso, no muy grandote pero, lo principal, era chongo varón, medio tosco verdadero que lo yiró dentro de la Terminal y se lo trajo a ese rincón en menos de diez minutos. Tenía la verga tiesa cuando Puto nochetero se le acercó. Casi sin mirar mucho, Puto se arrodilló en ese rincón sin mediar palabra alguna y comenzó a chupar ese miembro mediano pero grueso, dijo. El chongo, como hacen muchos, le apretaba con dos dedos su nariz para que Puto tuviera durante la succión pequeños ahogos que le provocaban la irrupción (momentánea) del pete. Pero este chongo, también, le tapaba los ojos con la otra mano. Todo dentro de la normalidad, dijo Puto, hasta que se dio cuenta de lo que antes no había visto: la verga era un consolador. Fue un instante, duró un instante la sensación en su paladar. Sintió gusto a goma y automáticamente dejó de chupar y se apartó del chongo. Este lo miró y le dijo: Rompeme el culo con esto. Pero Puto ya estaba lejos.

lunes 17 de agosto de 2009

Carlos, de apellido reservado, ya pasó los sesenta años y está retirado de la función pública. Es jubilado de privilegio, que le dicen, con una especie de beca otorgada durante el gobierno de Néstor Kirchner. Aún vigente (de la beca hablo), su finalidad es el costeo de un trabajo de investigación para la escritura de un libro sobre Políticas culturales. Las probabilidades de terminar ese libro, en Carlos, son las mismas que las probabilidades de revertir su sentimiento de culpa frente al hecho de haber sido, de cierta manera, el entregador de Puto nochetero aquella noche en Recreo, Santa Fe, hace algunos años ya. Lo del sentimiento es un decir, más bien es una sensación que ensordece con whisky y pastillas, igual que Prieto, de apellido como el culo, que anda por ahí con la carga de haber manchado con sangre a Cecilia Bolocco, también aquella noche. Pero existe también la probabilidad de que Carlos, petisito y alcohólico por remordimiento, no haya sabido de las, digamos, verdaderas intenciones de algunas personas de allí, de esa casa en Recreo, Santa Fe. Prieto tampoco.

martes 11 de agosto de 2009

Murió de golpe años después sin que Luciano, al borde de Clara, pudiese enterarse. Ni Carlos. Ni Oscar. Ni Prieto. Ni Reutemann. Ni el Padre Ignacio. Ni Ella. Ninguno pudo ver el momento exacto en que Puto nochetero se fue para siempre. Nadie vio el cómo, el ahí, el dejarse ir o el dejar de ser Puto. Nadie pudo sentir lo que buscaban porque Puto nochetero se les había escapado esa noche, en Recreo, a pasos de la ciudad de Santa Fe seis meses exactos y antes de morirse ahí, de golpe y con el significado exacto, carnal y literal de la palabra epifanía.

viernes 7 de agosto de 2009

Fue un viernes de los viernes en que yo viajaba a Buenos Aires, hace unos años ya, y fueron dos los incidentes. Más bien el segundo fue un incidente. El primero fue una reparación, algo así. Como incidente perdí el colectivo que me llevaría a Buenos Aires y tuve que esperar una hora más para subir al próximo, volver a pagarlo, no enojarme y demás pequeños detalles que nada beneficiaron a mi ansiedad. Pero no es necesario hablar de mí. Ese viernes, como otros, estaba yo sentado junto a Puto nochetero cuando apareció Prieto. De apellido como el culo, esta loca vieja era, según Puto, amigo de Carlos, el petisito del gobierno que a veces se llevaba de viaje a Puto nochetero y que ahora vive en pedo, olvidado casi de sí. De nombre desconocido, Prieto hacía rato que había comenzado el inexorable rumbo de abusar de sí mismo, de poder sentirse otro, otra que esa triste loca en la que se había convertido entonces. Había sido uno de los tantos amantes provincianos de Ramón Hernandez, un secretario del ex presidente Menem. Pero ya no lo era y después andar enrolada en cargos menores y funcionarios aliancistas, Prieto comenzó a sentirse vieja y enamorada siempre de Hernández, quien literalmente se olvidó de esa loca triste que acababa de aparecer ese viernes en la Terminal después de, según Puto, un suceso ocurrido en su último viaje, en Recreo, donde coincidió con Prieto, de apodo íntimo (muy íntimo) Puto colapsado. Por entonces, Puto ya tenía en su mirada el túnel opaco pero al verlo a Prieto ese túnel se inundó. Y Puto lloró. Tanto que perdí el colectivo. Tenía que irme en el momento exacto que Prieto lo reconoció y se acercó. Puto lloraba, sólo eso. Muy pasado de Rivotril, como siempre, Prieto se sentó junto a Puto, que lloró media hora sin parar ni decir palabra alguna. Se le caían los mocos como a un chico y se limpiaba como un chico también. Pero no hablaba. Prieto lo miró sólo a él. Lo miraba tanto que asustaba su mirada y mi colectivo ya estaba lejos. “Estoy ciega, pero me hago la tonta”, le dijo Prieto a Puto, que salió corriendo como un loco y sólo reapareció una semana después sin dar explicaciones. Prieto permaneció sentado un rato, un asiento nos separaba. Después se fue.

domingo 2 de agosto de 2009

Entre Puto nochetero y Luciano hubo amor. Pero fue sólo de Luciano ese amor. Aún hoy Luciano, entre sus ropas, conserva ese amor sin recordarlo siquiera; ni tiempo que tiene pobre Luciano ahora, que es Clara y grandota y vende cocaína siempre montada de negro en las inmediaciones de la Plaza Libertad, entre las calles Pasco y Mitre, cerca de un bolichón con pasado y presente de antro, muy distinto a El Beso, reviente al que iba cuando era Luciano y estaba tan enamorado de Puto nochetero que lloraba sin motivo cada vez que el otro le decía hola.

viernes 31 de julio de 2009

Ahora parece que en Minnesota oficializaron lo que ya sabemos todos. Ahora parece que es verdad que cuando se piensa en dinero somos capaces de aguantar más el dolor físico. Pero a ver, seamos claros, y con esto no quiero hacer hincapié en poner la agudeza para clarificar nada, todo lo contrario, más bien quiero que se sepa que esa afirmación que se hizo en los Estados Unidos ya existe desde hace rato y opera como base de otras verdades, de otras búsquedas. Que se la piense al revés sería un paso adelante, que se la piense no tanto como la cuestión del dinero, como la cuestión de tenerlo o no tenerlo, de sacrificarse para tenerlo, de romperse el culo para tener más, no, no es eso, es peor si se la piensa al revés. El dinero es el mensajero de esta cuestión. Lo de esta cuestión es el dolor físico, lo que sabemos de él y lo que otros, al parecer, quieren saber.

Le había perdido el gusto a los viajes. El olor de un viaje. Esa cosa que uno siente cuando se va o cuando vuelve. Esa cosa que se siente durante un viaje hacia o desde algún lado. Esa cosa por estar allá y no acá, o viceversa, esa cosa había desaparecido de Puto, se había borrado para siempre sabremos después. Aunque su último viaje lo hizo en auto, viajaba en avión porque lo hacía como acompañante (o algo así figuraba en los bouchers) de Carlos, el casi sexagenario funcionario del gobierno al que Puto nochetero se cogía cuando Carlos se ponía exasperante, cuando reclamaba amor pidiendo rotura de culo. Y Puto lo hacía (Sildenafil mediante) y se la pasaba hablando de esos viajes, de los Festivales de Teatro y de Cine a los que había asistido, de unas funciones en un teatrito horrible en Usuahia, de una maravillosa persona de un pueblo perdido del Chaco que, al parecer, recoge muchachos ansiosos por el saber, de una ciudad en Córdoba dominada por alemanes exquisitos, de cómo se hace un Festival, de cómo se van mezclando todos con todos, de cómo el Gobierno “digitaría” las poéticas teatrales, hablaba de poéticas teatrales el puto y se la pasaba hablando de teatro como si él fuera parte, como si él fuera de esos nombres y apellidos de la, digamos, cultura argentina de relevancia media entre otros dinosaurios y galanes que, difícilmente, él hubiera podido conocer si no fuera por Carlos, que hoy está olvidado y vive borracho en un departamentito pintado de un poco delicado rosa, en lento y paulatino giro hacia el gris.

miércoles 29 de julio de 2009

Hoy no me siento bien. Hoy no me siento, en realidad. No me siento para nada. Poco importa. No es necesario hablar de mí. Puto nochetero, casi al descuido una vez, digamos para un viernes de agosto de hace años, se preguntó, al lado mío, si había algo comparable al Sildenafil. La Revolución Industrial, le respondí. Todavía pienso en esa pregunta. Y en esa respuesta.

jueves 23 de julio de 2009

El viejo al que hace un año le rompieron la cabeza con el borde de un inodoro de unos de los baños de la estación de ómnibus se llama Emilio, es profesor en la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad de Rosario y, en cierta oportunidad, buscando una forma no grosera de acercarse a Puto nochetero le dijo que Mariano Moreno había sido maricón y que su rostro, el de Puto, le recordaba a François Truffaut. Pero Puto nochetero, de nombre reservado, cultura vaga y memoria feroz, estaba atento a una verga del mingitorio vecino y no le prestó demasiada atención. Sólo lo miró. Diez segundos lo miró. Lo miró como diciéndole “salí de acá, viejo puto” y Emilio, que fuma salvia con algunos de sus alumnos y luego les lee Cheever, sintió en esa mirada una especie de violenta atracción. Un decir, apenas, lo de violenta atracción ya que, como muchos, Emilio se había confundido con Puto, que era más puto que gay y que murió de golpe y emitiendo un escueto “ay”.

martes 21 de julio de 2009

- ¿Estás a mano con la vida?

- Por supuesto que no.

- Qué rápida tu respuesta.

- No hay mucho para pensar.

- El orgasmo de un chancho dura media hora.

- ¿Y? ¿A qué viene?

- ¿Sabías?

- No.

- Yo me enteré ayer.

- ¿Cómo?

- En el Google.

- ¿Cómo?

- ¿Cómo qué?

- ¿Por qué andabas con chanchos en el Google?

- Soñé con chanchos.

- ¿Dónde estabas vos con los chanchos?

- ¿Qué?

- En tu sueño, ¿dónde estabas con los chanchos?

- Era uno solo el chancho.

- ¿Dónde?

- Ni idea. Un campo, algo así. Siempre el mismo campo, siempre el mismo sueño.

- ¿Y cómo era?

- Un campo, qué sé yo, como una granja o algo así. Yo veía todo verde.

- ¿Y el chancho?

- Un chancho como cualquier chancho que se nos había escapado.

- ¿A quiénes?

- A mí y a otro. Ni idea quién era el otro. Era un hombre, pero no estoy seguro.

- ¿Era un hombre o una mujer?

- Una persona.

- ¿Un chico o una chica?

- Un ser humano que corría conmigo al chancho era.

- No te enojes.

- No me enojo. No puedo decirte nada más. No me sale.

- Y el chancho, ¿qué hacía?

- Iba muy adelante nuestro. Se escapaba el chancho. El chancho corría.

- Qué lindo título.

- ¿Qué?

- Nada, seguí.

- No sé si tiene gracia seguir. El chancho corría y corría como no pueden correr los chanchos en la vida real.

- Nunca vi a un chancho correr. (Ése título es más lindo)

- En mi sueño este chancho corría y se escapaba de nosotros.

- ¿Por qué?

- Ay, no sé, qué sé yo, viste como es en los sueños.

- ¿En el Google qué encontraste?

- Pavadas.

- ¿Algo raro?

- Vos no sabés qué es algo raro.

- Contame vos, entonces. No te pongas así.

- Yo soñé nueve veces que se me escapaba un chancho. Eso es raro.

- Según.

- Nueves veces en menos de un mes.

- ¿Será la merca?

- Es El familiar.

- ¿Qué?

- No sabés lo que vi en Santa Fe.

- Contame, dale. ¿Qué tiene que ver el chancho con estar a mano con la vida?

- Tu colectivo está por salir.

jueves 16 de julio de 2009

Se abandonan en el mismo abandono de uno pero tienen hambre. Y se les nota. Como son muy jóvenes, todo lo que les ocurre es nuevo para ellos y posibilita (o posibilitaría llegado el caso) no tener más hambre. Y uno lo nota. El hambre se nota. Y no se ingresa aquí a ningún relato de carga social, lejos estamos de eso. Pero a ver, que se entienda, o al menos que se haga cómo: también hay gente con hambre. O desesperada. O hambrienta y con la desesperación como carácter transitivo. Y estoy hablando de hambre de veras, de literal hambre, de ganas de comer, de llevarse a la boca, no una pinchila (como decía Puto nochetero), sino la posibilidad de que alguien, al menos, pague un café con leche en alguno de los bares de la terminal de ómnibus y lo deje tranquilo allí, quizás con dos medialunas dulces, también. Pero a ver, también hay gente peligrosa.

martes 14 de julio de 2009

Ay, dijo. Y abrió los ojos en otro lado. Ya no estaba enceguecido pero tampoco lúcido. Simplemente ya no estaba y eso, de una manera extraña, podía sentirlo. Puto nochetero pudo sentir que ya no estaba y no que se estaba yendo, pudo sentir la no permanencia, el no estar y a veces querer estarlo. Parece que uno, después del ay, sólo permanece, con el cosquilleo de no poder salir de ahí, como un letargo real, como un adentro verdadero.

viernes 10 de julio de 2009

De su cuello pendía un collar con dos cositas. El collar era un colgante de plata, regalo de Oscar, el amigo artista de Carlos, el funcionario de no sé qué de cultura de la nación. Oscar odiaba el oro, su brillo no era comparable al brillo de la plata. El oro es mujer, la plata varón. Eso decía Puto nochetero que decía Oscar, a quien también le regalaron la campera de Agustín Tosco, el sindicalista, y que perdió nunca supo dónde. Las cositas que pendían de ese collar de plata eran dos, digamos, dijes, una baratija y la otra no tanto. Lo de no tanto es un decir. A una cosa con semiforma de coronita de un material brilloso parecido a la plata (pero no) se le sumaba, según sus palabras, el único regalo que le había hecho su mamá: su primer diente, el primero en caer. La madre de Puto nochetero, según se sabe, como él, está muerta. Se llamaba Berta y era actriz, pero actriz de ciudad del interior del país. El país es Argentina y la ciudad Rosario. Tenía 12 años Puto cuando la vio por última vez. Lo de última vez también es un decir. La vio una vez más, muerta y consumida por un cáncer de páncreas, encerradita en un ataúd de una de las salas de Caramuto.

miércoles 8 de julio de 2009

El día anterior a conocer a Puto nochetero, o sea, un jueves de hace ya unos años, estuve con, llamémoslo así, Terence, que es amigo, puto y abogado. Más puto que abogado, quizás porque no quiso o no supo, no litiga sino que enseña. De tarde, en la siesta es que siempre nos encontramos. De esa tarde recuerdo un colchón de hojas secas y a Terence mirando a la gente de CLIBA y me recuerdo yo esa tarde, la tarde de ese jueves anterior a Puto nochetero, a mi primer encuentro con él, que ahora está muerto, decía y ya dije, cuando un viento le despejó la cara. Pero con Terence estuve antes en uno de los bancos de la plaza General San Martín, cerca de la estatua, lejos de El Pozo. La tarde anterior a nuestro encuentro, Terence, había estado con un hombre. Joven, muy joven. Morocho, activo por pudor, y con las secuelas de una viruela de infancia. Hicieron algo simple, parece, casi mecánico pero tremendamente grato, adictivo, dijo Terence. Y él, el morocho, el jovencito activo por pudor, le repetía sonriendo "sos lindo". Decía que Terence era lindo. Terence no es lindo, más bien es bello como uno que fue gordo y ahora es flaco, como el pudor de ser malo. Así es Terence, que jugaba a no creerse esa frase y que en un momento le dijo "basta, mirá que me la voy a creer". Él es muy simple, se dijo Terence ahí, no hay posibilidades de que vuelva a tener ganas de verlo, entre otras cosas porque se atrevió a intentar construir un puente (¿por qué tuvo que decirme lindo?). Y entonces, el negrito, le respondió, "creétela, tenés que creértela, porque es la verdad". Y Terence, que tiene demasiado orgullo para permitirle a otro que le confiese dogmas, pero que ya no descarta las ventajas de una humildad impostada, se calló. Y también sonrió. El negrito se fue antes de lo que quería, porque Terence no toleró la posibilidad de un abrazo. Llovía cuando lo despedí, me dijo, llovía en la vereda de Rioja y volvió la cabeza dos veces para mirarme, dos veces, hasta llegar a la esquina y desaparecer. Tuve tiempo de permitirle quedarse, de que se quede, que permanezca pero no moví los labios, ni las manos, ni convertí la mirada. Eso me contó Terence; Erica de sobrenombre.

lunes 6 de julio de 2009

Como no se lo puede definir, se le atribuyen distintas formas. Perro, toro, puma y hasta víbora gigante. Lo cierto es que no es un animal. Parecería una persona. Y entiéndase bien, utilizo “parecería” y no otra conjugación verbal porque parece que sí, que es humano si entendemos el concepto amplio de esta palabra, si pensamos por un rato que eso a lo que no se puede definir es (o fue o sigue siendo) un ser humano, una persona que nos hace un favor a cambio de otro. Por eso, porque la familia es una extorsión constante se lo llama El Familiar.

domingo 5 de julio de 2009

Pero a ver, que se entienda, o al menos que se haga cómo: también hay gente con hambre. O desesperada. O hambrienta y con la desesperación como carácter transitivo.

jueves 2 de julio de 2009

Lo percibí dede el vamos, desde que puse un pie en la Terminal de ómnibus Mariano Moreno, aquél viernes de hace ya varios años. Un viernes como cualquiera de los viernes anteriores, al parecer. Todos los viernes viajaba a Buenos Aires. Ahora viajo los lunes pero, dolorosa conjunción adversativa, los viernes siempre fueron los viernes, antes, cuando lloraba por no tener nada en la vida que valiera la pena perder, cuando llegaba a la terminal con demasiada ansiedad a cuestas como para ocuparme de mi propio destino. O algo parecido. La cuestión es que lo percibí desde el vamos aquél viernes y fue un instante, fue ingresar a la terminal y percibir, por un instante, a alguien más esbelto, más oportuno y más seguro. Pero no. Él no era lo que parecía, o era, sencillamente, lo que era. A veces, las personas son lo que son y las definiciones son tan ambiguas que se corre el riesgo de fingir estar vivo cuando en realidad se está muerto. Lo de Puto nochetero todavía no estaba pero él no esperaba como cualquiera de nosotros, allí, sentado él no estaba para viajar, no estaba sentado como otros sino que permanecía en la deliciosa espera de lo que no conocía. Ése era él. Cruzaba extrañamente las piernas, balanceaba constantemente el cigarrillo y se acomodaba de forma tal que creía resaltar entre los mortales del costado. Ése era yo. Todo se hizo más transparente, más débil, más atractivo, más vulnerable. Hablo de la situación. Después de todo, él no me conocía y yo tampoco lo conocía a él. Hablamos en el baño de caballeros. Lo de caballeros es un decir. Lo de hablamos, también. Su nombre me lo reservo.

martes 30 de junio de 2009

Ay, dijo.

De apellido Prieto y de culo también, este puto fue por años uno de los amantes provincianos de Ramón Hernández, un asistente personal (o algo así) del ex presidente Menem que, cuando todo hubo terminado, cuando los noventa pasaron, pasó también él a cuarteles de invierno y tuvo que andar por ahí, con funcionarios menores, como se dice, tocando y revisando contactos, agendas y direcciones a veces no tan disponibles. De Prieto, hablamos, de nombre desconocido y de culo cerradito como el de las gallinas (parece), y de su lejana pero amistad al fin relación con Carlos, el funcionario petisito del gobierno que a veces se llevaba de viaje a Puto nochetero. De Ramón Hernández se saben más cosas y parece que estuvo también él en el último viaje de Puto nochetero, a Recreo, en Santa Fe. Parece que Prieto también estaba y se armó, más allá de otros particulares detalles, una trifulca de dimensiones telenovelescas cuando Prieto, de nombre desconocido y de apodo íntimo (muy íntimo) Puto colapsado, muy pasado de Rivotril, alcohol e intentos vanos, se cortó las venas de su brazo izquierdo al lado de Cecilia Boloco, que también estaba y que estaba al lado de Puto nochetero. Parece. Todo esto me lo contó Puto, seis meses antes de morir. Y hay más, pero ya no es tan gracioso.

lunes 29 de junio de 2009

Comenzó a abusar de sí mismo. Y a ver, aceptémoslo, esta palabra trae otra, esta acción contiene algo inevitable. Lo inevitable puede ser aceptado sin gritar, a veces, pero lo inevitable es saber. Y lo que Puto nochetero supo luego de ese último viaje, fue más de lo que él creía. Lo que todos creemos, lo que todos podemos creer, a fin de cuentas. Es una cuestión de certezas, cosa extraña por estos días.

sábado 27 de junio de 2009

jueves 25 de junio de 2009

No sé por qué las personas apasionadas hacemos lo que hacemos. Aburrimiento, pereza, algún tipo de daño virtuoso desparramado en el cuerpo, demasiado sentido autocrítico (después) o, simplemente, porque no podemos ser de otra manera. Muy fácil decirlo, muy fácil. Puto nochetero, que debe su nombre a una canción de nunca supo quién, tenía lo que llamamos pasión incrustada como necesidad de búsqueda, las ganas reales de tener ganas lo impulsaban y generaban su pasión. Era una pasión simple y casi salvaje, un instinto primario diría un supuesto biógrafo. Lástima que las personas, digamos, comunes no tienen biógrafos. Lo de lástima es un decir porque no hay en el mundo alguien más mentiroso que un biógrafo, ni hay escritores que no digan la verdad. Lo de verdad también es un decir y está cercana a la pasión; pasión como la de Puto, inquieta y desmedida, feroz y lacerante para otros pero que no alcanzó para seguir dándole vida a su cuerpo. Al cuerpo de Puto, digo, que se vació de pasión y dejó de existir seis meses después de volver de un viaje, del último viaje de los que hacía cada tanto con Carlos, el funcionario del gobierno petiso, cargoso y exigente. Todo estaba en sus ojos. Antes también, pero al volver de ese viaje a Recreo, ciudad o pueblo cerca de Santa fe, Puto tenía en los ojos una especie de opacidad, muy distinta a lo opaco de las personas con cocaína encima, que es como algo que brilla pero no. Esta opacidad tenía no brillo sino profundidad. Es decir, en los ojos de Puto había un túnel, una especie de hoyo que se reflejaba blanco y cuadrado. Y él lo sabía. Pero no podía definirlo. No pudo, no logró nunca las palabras exactas para describir qué cosa le hizo el túnel en los ojos. O qué vio exactamente en aquel viaje, donde, entre otros, conoció a Reutemann, a una Ministra gorda, a varios intendentes y gobernadores, al Padre Ignacio y hasta habló, entre muchas otras anécdotas más, de una mujer rubia que hablaba sin mover los labios. También comentó que los aviones que descienden en las pistas clandestinas no sólo traen droga. Ni siquiera el conocimiento de todos esos chismes logró impulsar el recupero de su pasión. Y murió de golpe, cuando un viento le mostró algo más terrible.

martes 23 de junio de 2009

Si hablamos de la relación, por decir, amistosa entre Puto nochetero y Luciano, que ahora es Clara, hay que hacer mención, sí o sí, a un acontecimiento de sus vidas (una corta y la otra Dios dirá) por el que todos, y acá resumimos y hacemos un general para no entrar en detalles ingratos, digamos entonces todos alguna vez pasamos y nos quedamos o nos fuimos para volver de ese acontecimiento. Hablo de las drogas. Las, qué decir, drogas, sustancias legales e ilegales que andan por ahí, por aquí, por allá, con receta, sin receta, con carpa, en la esquina de Mitre y San Juan y más allá encontrás también. Luciano y Puto nochetero descubrieron las drogas juntos. Y no es poco en una relación que se olvidó, como andamos hoy por hoy no es poco cómo ellos se relacionaron. Sobre todo con la cocaína. Podría decir que lo que se sumó al, llamémoslo así, efecto en Puto y Luciano tenía relación, de alguna manera, con el ritual que implicaba hacerlo. O sea, no hablo de una búsqueda dirigida exclusivamente al efecto, como sucede con la marihuana que, si te las ingeñás (¿se escribe así?), la fumás en cualquier lugar y situación; hablo del ritual que es preparar la cocaína para ser aspirada. Hay algo artesanal. Había algo de eso en Puto. En Luciano había amor. No era lo mismo estar encerrado en un baño, apurado, con el tiempo exacto que cumplir como si fueras a orinar, que estar cómodo y atento al preparado de las líneas y del instrumento por el cual se aspirará. Luciano quería intimidad, Puto un amigo íntimo quizás. Poner el ingenio para romper la piedrita, moler y construir dos líneas simétricas. Esa imagen en Luciano era tierna. Para estas situaciones, para este ritual, lo mejor era la poca compañía, el número dos. Luciano tenía amor a su lado (un amor fugaz y perentorio, un amor de golpe no correspondido pero suave, atento en no herir) que observaba y era parte del ritual. Y dejarlo a él primero después. Ofrecerle el beneficio de ser el primero. Y después charlar. Y tomar Coca Cola. No tomaban alcohol con la cocaína cuando estaban encerrados. Al alcohol lo dejaban para los baños y las noches en que tomaban apresurados y sin medir, derramando, desbordando la tarjeta y la nariz. Ahora Clara es Luciano y Puto murió de golpe, con una bolsita en el bolsillo aún sin abrir, comprada a Cristian media hora antes de morir. Luciano, por entonces, había desaparecido de los lugares que frecuentaban juntos, quién sabe por qué. Puto había comprado merca en una pensión de la calle Corrientes, arriba de un boliche bailable del estilo Cumbia donde hoy por hoy hay un cartel enorme con la foto de Reutemann, candidateándose a no sé qué o apoyando no sé a quién para qué está ahí, y Luciano, que ahora es Clara y vende cocaína a veinte cuadras de ahí, es más alta (parece) y más carnosa (se ve). La velocidad la consigue con cocaína pero no sabe de certezas. Como Clara está un poco apagada, ya dije. Se acuerda poco de Puto pero se acuerda bien. Después de todo, el primer amor es el primer amor, a pesar del presente.

lunes 22 de junio de 2009

Había dicho que, en algunos casos, las fotos que a de miles circulan y circulan y se envían y se reciben, y se reenvían y se guardan y se eliminan, esas fotos, las miles de miles que circulan por el chat, hacen correspondencia con la, digamos, mitología del que mira y encuentra en esa imagen algo de lo que siempre, el que miraba, quiso tener. Luciano vio una fotografía y fue así cómo Luciano, que ahora es Clara, se enamoró de Puto nochetero. Por foto. Chateando por chatear, una noche de hace muchos años, Luciano, que tenía 16 por entonces, chateó con Puto y se enamoró de él cuando aquel le envió una fotografía suya. Lo supo porque lo sintió en el estómago y en los ojos. El amor es una refulgencia y Luciano la sintió ahí, al ver a Puto por foto. Una refulgencia de cinco segundos que se extendió entre los ojos y su estómago. Por cinco segundos, la refulgencia, el amor de golpe, fue y vino desde los ojos al estómago y volvió hacia arriba y se desparramó tan veloz y rápido que Luciano lo decodificó inmediatamente. Era amor eso, amor de golpe, amor que será, amor imposible desde su origen encerrado en una foto, amor imposible de tener pero sí posible de ver, sentir y hasta de querer. En un ciber espantoso de Villa Diego, Luciano tuvo una refulgencia de cinco segundos. Una hora después, merodeando la Terminal de ómnibus, Luciano, que ahora es Clara y vende cocaína horrible por la plaza Libertad, seguía enamorado de Puto nochetero, que estaba a su lado. Lástima que Puto era un puto más puto que gay y lástima que Luciano nunca pudo ver más allá de la fotografía. Se hicieron amigos, al menos por unos meses. Compartieron todo lo que comparten los amigos de unos meses, y nada más, y nada menos. Hombres, drogas, alcohol, yires, broncas, penurias económicas. Nunca Puto nochetero supo que Luciano, de la noche a la mañana, se hizo Clara y ésta, más ancha y pulposa, apenas recuerda la vida de Luciano, apenas.

domingo 21 de junio de 2009

Dicen que es espantoso, realmente espantoso. Aterrador pero aterrador en serio y que al principio parece un animal, que puede ser un toro o un perro de lejos. Dicen que si no hay fotografías o filmaciones es porque, sencillamente, él se encarga de que los aparatos no funcionen en su cercanía. Lo de él es un decir. Podría ser ella. Podría ser eso. Dicen que en las primeras décadas del siglo XX, en el norte argentino, en el Ingenio Ledesma más precisamente, había uno. Y que Carlos Menem, que fue presidente de la Argentina por él (o por ella, o por eso), tenía uno en Anillaco, en la provincia de La Rioja. También dicen que no sólo Menen tenía uno y que viven en el campo o en zonas rurales siempre con la amenaza de entrar en las ciudades. El tiempo pasado es un decir.

sábado 20 de junio de 2009

No sé por qué las personas apasionadas hacemos lo que hacemos.

jueves 18 de junio de 2009

Reviente es una palabra rara. Se la aplica para denominar a esos lugares intermedios entre un bar y un pub que funcionan siempre después de las 5 de la mañana cuando comienza la segunda noche. En ciertas oportunidades para, digamos, alivianar de alguna manera la descripción de un reviente, se lo denomina After, haciendo referencia al lugar obligado después del boliche bailable (o Disco). El Beso era un reviente. El Beso es un reviente. Es muy difícil describir exactamente lo que sintieron Puto y Luciano en El Beso, sobre todo la primera vez que fueron. Cierta cuota de erotismo se mezcló con la provisión de cocaína, de música electrónica y, sobre todo, se mezcló el olor. El olor de El Beso. Cuerpos amontonados por la nicotina y demás ínas. El Beso era el colector de distintas, digamos, tribus olorosas que buscaban un lugar pasar estar desde casi al amanecer al mediodía casi tarde. Aún sucede y para qué andar con tanto misterio. Muchas veces Puto nochetero se preguntó qué lo impulsaba a llegar a las 8 de la mañana todavía despierto un domingo y con cierta gana de seguir. Y a veces lo hacía y recién a las 6 o 7 de la tarde del domingo muerto él y perdido Luciano, llegaba su casa. Pero en El Beso se enamoró una vez. Creyó estarlo. Se enamoró rápidamente de un dealer, de un proveedor de cocaína de nombre Cristian. Cristian fue la primera persona que se le acercó en El Beso. Siempre se preguntó la razón exacta por la que Cristian se acercó aquella primera vez, justo cuando Luciano, notó él, se había fugado con un chongo al baño. No es fácil que se acerque un dealer Esta afirmación viene del cine. Puto y Luciano, hasta entonces, nunca habían tenido contactos tan directos con dealers como lo habían tenido cuando frecuentaban El Beso. Estaba Fabio, que vendía cocaína en un tubito y que según un mito urbano Fabio cortaba la cocaína con tubo fluorescente picado. Después estaba Julia Boch, así, o July, una travesti enorme que vendía cocaína de zona sur pero a la que había que pagarle taxis o remises, y la espera a veces era de muchas horas con llamadas varias, policía mediante, detenciones y más tarde la July trayendo el pedido envuelto, envueltísimo entre el bulto semicamuflado de su entrepierna. Alas, alas tenía la July en ese momento pero siempre sufrida la July a la hora de traerte merca, decía Puto. Pero de Cristian se enamoró. No vendía muy buena cocaína, en realidad no era nada buena, era la cocaína de esos dealers como Cristian, pequeños arrebatadores de los sábados a la noche que con diez bolsitas quieren hacer negocio. Y a veces lo consiguen. Con Puto lo consiguió Cristian, que andaba enrolado sentimentalmente con una travesti de nombre Sole, y que Puto conoció la vez que fueron a buscar con Cristian cocaína juntos a la zona de la Terminal de ómnibus. Linda pero negra. Así la vio Puto. Graciosa, muy graciosa la Sole, que vivía con Cristian en una pensión de la calle Corrientes, arriba de un boliche bailable del estilo Cumbia, donde hoy por hoy, y por estos días, justo al lado del boliche y justo arriba de la ventana de la habitación que alguna vez ocuparan Cristian y la Sole, y a la que una sola vez fue Puto nochetero, sólo una vez, más desesperado de cocaína que de amor, ahí, justo ahí, hay un cartel enorme con la foto de Reutemann candidateándose a no sé qué o apoyando no sé a quién para qué está ahí, la foto del que Puto decía que se la comía y al que conoció seis meses antes de morir parece, en un viaje que hizo a un pueblo de nombre Recreo y del que volvió distinto, tanto que seis meses después se murió, cuando un viento le despejó la cabeza, la noche justa ésa que conoció la pieza de la pensión donde vivía Cristian, un dealer del que creyó enamorarse.

miércoles 17 de junio de 2009

El número está entre 60 y 100. Si bien a veces puede bajar (sucede poco) y otras subir mucho más (siempre de noche), generalmente ésa es la cantidad de varones que chatean diariamente en el chat más grande de esta ciudad. Es decir que, más o menos, entre los que se repiten, entre los que ingresan hasta cuatro veces al día, los que entran y salen y los que entran y se van dejando el chat abierto, más o menos decía, hay, digamos, 80 putos chateando por día en esta ciudad. Esta ciudad es Rosario y lo de puto es un decir. Puto es una clasificación bastante difícil de desentrañar dentro de la nomenclatura que afecta a la porción de seres humanos (varones, claro está) que se acuestan con otros varones. Lo de acostarse también es un decir. El puto puede ser un varoncito o una loquita pero no un gay, más bien el gay, con tiempo, sudor y sentido común, podría llegar a ser puto. Hay putos locas, esos ahora están sobre los treinta o un poco más. Están las grandes locas que son grandes putos, y están las locas que envejecen mal, como Alfredo Alcón. También están los putos más putos que gays, como Puto nochetero, que chateaba siempre en uno de los boxes del ciber de la estación de ómnibus dos veces al día. Por la tarde y por la noche, generalmente, Puto chateaba siempre sin mucha esperanza de conseguir algo. Puto prefería la calle y el contacto visual, dos especies en extinción que se mueren al ritmo de una cámara o un par de fotos que siempre dicen otra cosa del original. Lo de otra cosa puede ser positivo a veces. Otras veces, esas fotos que a de miles circulan el chat, hacen correspondencia con la, digamos, mitología del que mira y encuentra en esa imagen algo de lo que siempre, el que miraba, el que miró quiso tener, de chico o de grande. El que mira, de chico o de grande, quiso eso que vio en esa foto. Fue así como Luciano, que ahora es Clara, se enamoró de Puto nochetero. Por foto. Luciano vio en Puto nochetero otra cosa o simplemente vio lo quiso y nunca quiso darse cuenta. Funciona siempre igual en estos casos.

sábado 13 de junio de 2009

En el sueño había alguien más. De eso estaba seguro, pero no pudo precisar si su compañía era un hombre o una mujer. Nunca pudo hacerlo pero siempre, en las nueve veces que soñó lo mismo, había alguien más con él. Puto nochetero soñó nueve veces lo mismo en menos de un mes. Era un campo o una granja o un lugar rural. Puto estaba con esa otra persona persiguiendo a un chancho que, estaba seguro él en el sueño, se le había escapado de un corral que, también seguro estaba, era de su propiedad. El chancho era un chancho como cualquier chancho, pero más veloz que cualquier chancho. Y lo corrían mucho, decía, atravesando extensiones enormes de tierra sembrada, de campo argentino, decía Puto. Pero el animal era muy rápido y ellos se cansaban en el sueño y comenzaban a agitarse demasiado. Puto veía en el sueño por el mismo, o sea, no se veía él en el sueño, sus ojos veían con él y perseguían al cerdo que siempre se escapaba por un bosque que aparecía de pronto en medio del campo. Era un bosque muy verde y, supongo yo, muy frondoso porque el cerdo desparecía sin dejar rastro de la huida. Y nada más. Eso era todo, así era el sueño repetido nueve veces en un mes de la vida de Puto nochetero, que era más puto que gay y murió de golpe, cuando un viento le despejó la memoria por un rato.

martes 9 de junio de 2009

Me parece que Reutemann se la come, me dijo tres meses antes de morir. Murió de golpe, hace un tiempo ya. Pero Puto nochetero empezó a irse antes de este mundo, quizás unos meses antes de esa frase y esa anécdota. La anécdota es un viaje, un viaje que al parecer sería como cualquier otro de los viajes que hacía con Carlos, su amigo de casi sesenta, petisito y funcionario del gobierno. El gobierno era algo así como un instituto nacional de algo de cultura o cosa parecida. Carlos viajaba mucho y de vez en cuando se lo cargaba encima a Puto como acompañante. La anécdota es uno de esos viajes y Puto me la contó de vuelta, una semana después, en la plaza que está enfrente de la estación de ómnibus Mariano Moreno. En un baño de esa estación una vez un viejo al que hace un año le rompieron la cabeza con el borde de un inodoro, le dijo a Puto nochetero que Mariano Moreno había sido puto. Pero no le interesó demasiado el dato aquella vez y menos entonces, cuando habló de Reutemann y de su viaje con Carlos, que cuando se mamaba con whisky y pastillas y reclamaba amor, Puto se lo cogía con un Sildenafil encima. Curioso dato: fue su último viaje y fue la última vez que vio a su amigo Carlos. En ese viaje algo pasó. La mirada de Puto no fue la misma desde ese viaje. El viaje había sido a la Ciudad de Santa Fe, más precisamente a una ciudad o pueblo cercano llamado Recreo. Empezó a mirar distinto el puto, como viendo otras cosas Puto nochetero empezó a sentir que algo se le había metido en el cuerpo (para siempre). Seis meses después murió de golpe cuando un viento le despejó la cabeza y le hizo recordar a un hombre del pasado. El pasado y Recreo quizás se parezcan.

domingo 7 de junio de 2009

MILONGA CARRIEGUERA POR MARÍA LA NIÑA

PIAZZOLLA y FERRER

PORTEÑO GORRION CON SUEÑO (Cantado)

En los ojos de mi niña,

contracompás de otros llantos,

anda una oscura nostalgia

de cosas que aún no han pasado.

La calle le echo los naipes

de odiar, recontramarcados,

la madre: hilaba Pérezas;

y el padre: arriaba fracasos.

La vieja tristonguería

del blues de los lunfardarios,

dá un qué sé yo a mi María

y otro al lomo de su gato.

(Recitado)

Zaina la voz, la cadera,

la crencha y los pechos zainos,

le van, de furca, en la espalda,

las ganas de veinte machos.

(Cantado)

De renoche, cuando llueve

siempre igual -siempre- en su patio,

le cuentan tangos de hadas

las bocas del subterráneo.

Setenta veces los siete

vientos del Sur, la han alzado;

sólo a mi voz ella entorna

su piel, su rosa y sus años.

MARÍA (Cantado)

Porteño Gorrión con Sueño,

vos nunca me alcanzarás.

Soy rosa de un no te quiero,

ya nunca me alcanzarás.

PORTEÑO GORRIÓN CON SUEÑO (Cantado)

Te irás de noche, María

de este cantón porteñato,

con la trenza destrenzada

y el sueño desabrochado.

Y los pardos camioneros

que estivan bronca al mercado

te harán un ramo de grelos

y un coro de navajazos.

Mas allá, en los masalláses

nocheteros y enwhiskados,

dos hippies de barba zurda

la insultarán con milagros.

(Recitado)

Las rubias mandragoneras

de un zodíaco mulato,

le harán trece mordeduras

en las líneas de la mano.

(Cantado)

Y un beso, que era un poco

de azafrán y de desgano,

se sabrá a página entera

como si fuera un asalto!

Setenta veces los siete

asombros le habrán robado,

le quedarán tres: el mío

y los ojos de su gato.

MARÍA (Cantado)

Porteño gorrión con Sueño,

ya nunca me alcanzarás...

PORTEÑO GORRION CON SUEÑO (Cantado)

Mi voz, en todas las voces

para siempre sentirás.

miércoles 3 de junio de 2009

Veinte machos contó una noche. Veinte fueron los varones que Puto nochetero y otro se pasaron un feriado del 9 de julio. Los contó ahí, no antes del momento de contarme aquello. Aquello es la historia de Luciano, que ahora se llama Clara y es una travesti que vende cocaína en las cercanías de la Plaza Libertad, de noche, entre las calles Mitre y Pasco, por ahí anda Clara ahora. Lástima que Puto nunca pudo ver cómo Luciano, que era puto y era feroz cuando frecuentaba junto a Puto nochetero las inmediaciones y edificios de la Terminal de ómnibus Mariano Moreno, de un día para el otro, a pesar de ya dar indicios antes, pasó a ser Clara, una travesti con mucho culo y mucha boca que vende cocaína horrible pero salvadora, para algunos, como Puto, que lo conoció cómo Luciano pero nunca pudo ver a Clara porque, simplemente, se murió. Antes. Antes está Luciano, que nació en una ciudad muy cercana y de la que todos hablan mal: Villa Gobernador Gálvez. Otros la llaman Villa Diego y nunca uno puede estar seguro sobre quién la llamará de un modo o de otro. Villa al fin, allí nació Luciano, morochito y flaquito, un poco desdentado pero rápido y certero como balazo de negro. Es un decir. Ahora es más alta (parece) y más carnosa (se ve). La velocidad la consigue con merca pero no sabe de certezas. Como Clara está un poco apagada. Se acuerda poco de Puto pero se acuerda bien. Parecía una cosa y era otra, la escuché decir una vez.

Me parece que Reutemann se la come, me dijo tres meses antes de morir. Murió de golpe, hace un tiempo ya.

viernes 29 de mayo de 2009

La campera de Agustín Tosco. Era la campera de Agustín Tosco la que había perdido. Así me dijo Puto nochetero. Una campera negra que había pertenecido a Agustín Tosco y que se la había regalado Oscar, un amigo artista de Carlos. Lo de artista es, al parecer, director de teatro, de cine o de ópera. Puto nochetero mencionó los tres y no supo decir cuál. Quizás todas esas profesiones juntas. No importa creo. Oscar al parecer le había robado la campera al sindicalista una noche, muchísimos años atrás, una noche cualquiera ahora porque jamás supo (Puto) qué noche fue aquella que unió a ése Oscar con el sindicalista al que llamaban El Gringo. Pera esa campera había pasado a manos de Puto cuando Oscar, envuelto quién sabe en qué marasmo del amor puto, o del amor simplemente, del amor con forma de muchacho hermoso lleno de ideales (Tosco). Un amor marxista (muerto y equivocado) Oscar habrá sentido para regalarle semejante símbolo con forma de campera desteñida. Pero Puto la perdió, la dejó olvidada y nunca pudo recordar dónde. Lo comentó una vez, al pasar, como si Tosco hubiese sido, como él, un nochetero de oscura nostalgia.

Veinte machos contó una noche.

martes 26 de mayo de 2009

Puto nochetero tenía un amigo que viajaba mucho. Lo de amigo es un decir. Con, digamos, veintidós años, Puto nochetero tenía un amigo de casi sesenta, petisito y funcionario del gobierno. Lo de funcionario y lo de gobierno son dos decires. Hay dos o tres datos más: se llamaba Carlos y el gobierno era algo así como un instituto nacional de algo de cultura o cosa parecida. La cuestión era que Carlos viajaba mucho y de vez en cuando se lo cargaba encima a Puto como acompañante. Así figuraba en las listas, en los hoteles, en las credenciales, en los pases, en los boucher de comida. El acompañante de Carlos, el amigo de Carlos, ¿el qué de Carlos?, ¿el ahijado de Carlos?, ¿el sobrino de Carlos era ése con el que vino al Festival?, parece que se escuchaba decir, ¿vos podés creer que el machito ése con el que estaba Carlos…? Los puntos suspensivos son chismes y elucubraciones que corrían por ése instituto nacional sobre Puto nochetero, que las contaba como sintiendo algo parecido a un sentimiento de pena (¿y admiración?) por ese Carlos, a quien cuando ya no había forma de calmarlo en su reclamo amoroso, siempre después de cuatro whiskies y tres Rivotril, siempre parece, siempre en un momento del viaje, sólo en un momento decía Puto, Carlos se ponía cargoso y exigente, demandaba tanto Carlos papeado que Puto se envalentonaba media hora antes con un Silfdenafil y se lo cogía con los ojos cerrados; siempre de la misma forma: tapándole la boca con su propio bóxer para no escucharlo gemir. Parece que Carlos aullaba.
Gustaba decirse nochetero. Así quería su apodo, así quería escucharse. Pero no logró nunca imponerlo en su universo. Demasiada gente callada a su alrededor. El puto que era más puto que gay, aquel que murió cuando un viento le despejó la memoria, una vez, me contó, escuchó la música más hermosa que había escuchado en el mundo y por eso, por una canción que escuchó, él, puto más puto que gay, descubrió algo así como su, digamos, modo de vivir, la manera en que quería ser llamado. Nochetero, dijo. Puto nochetero. Así se llamará entonces.

viernes 22 de mayo de 2009

Le había perdido el gusto a los viajes. El olor de un viaje.

miércoles 20 de mayo de 2009

Más que gay era puto. Lo mató un viento que le despejó la cabeza y le hizo recordar a un hombre del pasado. Pero eso sucedió después. Puto como era, y como siempre había sido, hacía más o menos diez años que venía dedicándose a coger con cualquiera sin preocuparse jamás por lo que, en forma desesperada, otros pugnábamos: conseguir novio. Lo de novio es un decir. Lo de conseguir también. Conseguir viene acompañado de retener y ése es otro tema. Tenía veinticinco años por entonces y merodeaba la estación de ómnibus Mariano Moreno. Hablo de él, a quien alguien, una vez -un viejo al que hace un año le rompieron la cabeza con el borde de un inodoro-, le dijo que Mariano Moreno había sido puto. Pero él sabía poco del prócer y, arrebatado como era, dejó al viejo ese día y se encerró con un chongo, rápido, en un individual del baño. Allí, más rápido, se tragó la leche de un tipo de más o menos treinta y cinco años con pinta de albañil. Esto me lo contó él, en la mañana de un viernes, mientras esperaba un Chevallier a Buenos Aires. El que se iba a Buenos Aires era yo. El que estaba sentado a mi lado era él. Medio petiso y lindo, con los pies planos y chueco, era un puto que a todas luces no parecía puto. Menos gay, claro está. Quizás ése era su dilema: no parecer puto pero sentirse irrefrenablemente puta cuando se le cruzaba un varón. Hablaba de varones y no de hombres, de pinchilas y no de vergas, de leche, de tamaños, de humedades, de hoyos, de chupones, de rapidez y de fluídos. Había unos minutos en que él, decía, se ponía en blanco y sólo quería a un macho que lo agarrara de los pelos y le bajara la cabeza hasta hacérsela tragar entera, y de un saque. Ah, también me preguntó si no tenía un saque yo. Sonreí y le pregunté dónde vivía, qué y cómo hacía cuando él, con razón, me paró en seco con un "demasiadas preguntas vos". Yo quería saber. Yo también había pensado que no parecía, que quería otra cosa cuando habíamos cruzado miradas. Pero no. Él no era un varón, era un puto como yo. Con el tiempo fui cruzándomelo y nos quedábamos charlando un rato, por ahí. Pero nada más. Nunca fuimos amigos pero algo circulaba entre nosotros, al menos en los minutos que nos cruzábamos por ahí y se nos chocaban las mutuas sonrisas. Su muerte y su nombre me los reservo.