
Hasta que se produjo esa concentración masiva de datos en un día, en una noche para ser más exacto, en Recreo, provincia de Santa Fe, lo único que Puto nochetero tenía en la cabeza era coger. Y esto es más que un decir. Había en Puto una especie de solvencia en ése saber qué hacer con su vida a los veintitantos que le permitía, por ejemplo, no verse más allá de los treinta años, no escuchar voces, no hacerles caso. Una vez se enamoró. Creyó hacerlo. Pocas cosas, al parecer, temblaban en su pecho. Pero soplaba cuando quería soplar. Vivía solo en una pensión de la calle San Martín, antes de llegar a Pellegrini y al lado de un bar, por decir, barsucho de aparente mala muerte, abierto las 24 horas, donde siempre se jugaba al ajedrez. Aún está ése bar y aún se sigue timbeando a lo loco. Ahí, Puto nochetero conoció a una persona que perdió su casa y el auto jugando al ajedrez. También ahí supo por primera vez, a su manera, qué lugar tenía él en la utopía de los otros y cuánto costaba un pete, una fornicación rápida en el baño y una encamada como Dios manda en la cama matrimonial del cliente. Changas de Puto que supo hacer, después, en la Terminal de ómnibus Mariano Moreno, ya dopado por la propia forma que se había impuesto, digamos, porque sí, porque le salía ser más puto que gay, más arrastrado que arrastrador. Por eso como taxi boy no servía demasiado, porque llegado el caso se enloquecía con una verga y echaba todo a perder. Pero enamoró a varios de sus, digamos, clientes. Carlos, entre ellos, el funcionario del gobierno que lo introdujo, después y a pesar de eso que Carlos llamaba amor, en la concentración masiva, la que seis meses después lo mató de golpe, con una certeza absoluta, real. Todo esto no quita que se pueda pensar mal de Puto nochetero. Pero tengamos en cuenta la definición del mal. Y la de real, sobre todo.





















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